Amy regenta una cafetería en el Bay Village de Boston y, aunque le encanta su trabajo, este no le deja tiempo para nada más. En un intento de encontrarle pareja, su madre le presenta al encantador y atractivo teniente Tom McGarrett, con quien volverá a coincidir al día siguiente, tras ser víctima de un atraco. Sospechosamente, una de las empleadas de la cafetería desaparece de forma misteriosa poco después y Amy decide empezar a investigar por su cuenta. Esto la llevará a conocer los lugares más turbios de la ciudad y también a Cole, el seductor y peligroso jefe de una banda criminal.

Así, en un abrir y cerrar de ojos, la vida de Amy dará un vuelco por completo. ¿Conseguirá encontrar a Amber? ¿Elegirá su corazón al yerno ideal? ¿O se decantará por el chico malo?

Esta divertida novela romántica a tres voces conforma la primera entrega de la trilogía Bay Village.

CAPÍTULO 1: AMY

—Es el amor de mi vida, seguro.

Este es el tipo de frase que, incluso pronunciada antes de las siete de la mañana, merece que se le preste un mínimo de atención. Al menos en el contexto en el que estamos. Os describo un poco la situación: Amber, la autora de esta importante afirmación, está limpiando la vitrina de los dulces con la mirada perdida en un mundo poblado de angelitos y nubes rosas; Shelly, mi otra empleada, anda entre el almacén y el mostrador para preparar todo lo que vamos a necesitar en las próximas horas; y yo estoy contando los billetes para el fondo de caja.

Sí, porque a estas horas, cuando muchos están a punto de irse a dormir tras una noche de fiesta, nosotras tres empezamos nuestra jornada laboral en la cafetería.

—¿Perdón? —pregunto, en parte para reponerme de mis emociones y para asegurarme de que no me está fallando el oído.

—Sebastian es el adecuado. Es el hombre de mi vida. Eso está claro.

Lo peor es que no parece estar de broma. De ella emana esa clase de aura propia de dos tipos de mujeres: las que están embarazadas —y que no tienen náuseas matinales— y las que están perdida y locamente bajo el influjo de un nuevo amor, profundo y sincero. A las seis y media de la mañana, tiene la tez rosada, los ojos brillantes y una sonrisa bobalicona en la cara, mientras que yo… ya os lo podéis imaginar.

El hecho de que solo tenga dieciocho años y cuatro días —mientras que yo tengo veintinueve años y cuatro meses— quizá también juegue un poco a su favor. Y, además, ¿qué sabemos del amor a esa edad? ¿Cómo podemos saber si un hombre está destinado a ser nuestro compañero para el resto de nuestra vida cuando a duras penas sí acabamos de empezar a vivirla?

Me contengo para no hacerle la pregunta porque no quiero ser desagradable antes incluso de abrir la cafetería, pero Shelly parece no tener los mismos escrúpulos.

—¿Cómo puedes estar segura? ¡Si no eres más que un bebé! ¡Tu vida acaba de empezar!

Shelly tiene más de cuarenta, por más que jure desde hace tres años, que son los que llevo trabajando con ella, que solo tiene treinta y ocho, pero olvida que su fecha de nacimiento está escrita en su nómina. Por eso, como la mayor de nuestro pequeño equipo, se permite con cierta regularidad compartir con nosotras su experiencia de vida y el hecho de que yo sea su jefa no le impide en absoluto brindarme sus buenos consejos.

—¡No soy ningún bebé! ¡Lo que te pasa es que estás celosa!

—¿Yo? ¿Celosa? —se burla Shelly—. ¡Me siento plenamente realizada con mi vida amorosa, querida! No tengo nada que envidiarte.

Al sentir que estamos a dos pasos del derrape, decido intervenir para calmar los ánimos.

—Amber, lo que Shelly intenta decirte es que tiene miedo de que te entusiasmes demasiado deprisa con un chico que a duras penas conoces y que no le gustaría que luego terminaras sufriendo. Es solo que se preocupa por ti, ¿no es verdad, Shelly?

Miro a esta última haciéndole una mueca para indicarle que me siga el juego.

—Sí, por supuesto, a eso es exactamente a lo que me refería —asiente, elevando la mirada al cielo.

Amber no parece creerla ni por un segundo.

—Sé que Sebastian no me hará sufrir. Él también me quiere. Me trata como una princesa y es una buena persona que trabaja duro. Además, su jefe acaba de ascenderlo y me ha prometido que saldremos a celebrarlo.

—Ah, pues es fantástico. Me alegro mucho por ti.

Mi respuesta no debe de ser demasiado entusiasta porque Amber entorna los ojos y suspira.

—Ya sé que pensáis que soy demasiado joven como para haber encontrado al hombre de mi vida. ¡Pero yo, al menos, hago algo para encontrarlo! No todo el mundo quiere terminar vieja y sola, rodeada de gatos.

¡Genial! ¡Ya he perdido la cuenta del fondo de caja! La miro fijamente, confusa, a duras penas capaz de reprimir un gesto de sorpresa. ¡Es la primera vez que se permite dirigirse a Shelly o a mí de esa forma! Y creo que semejante comentario estaba claramente destinado a mí. Sobre todo porque Shelly no parece haberse dado por aludida. Lo primero que se me pasa por la cabeza es: no tengo gato. Pero la verdad es que no lo tengo porque soy alérgica que si no, es bastante probable que ya hubiera dado ese paso.

—¡Si estoy soltera no es porque no quiera un hombre en mi vida! Es solo que no he encontrado el adecuado —replico con sequedad.

No debería perder el tiempo justificándome ante una niñata que, además, es mi empleada, pero no puedo evitarlo.

Shelly hace un intento algo débil de alegato en mi favor:

—¿Sabes? Me llevó años darme cuenta de que Bruno era el hombre de mi vida. Por más que lo tengas delante de tus narices, a veces cuesta bastante ver lo evidente.

Esta vez, me centro por completo en la clasificación de billetes de un dólar. No tengo ganas de que se pongan a hablar de mi vida amorosa ni de que nadie me cuente la suya. Sobre todo Shelly.

—Amy, para encontrar un hombre, lo primero es aceptar hablar con ellos —dice Amber.

—¡Hablo con un montón de hombres! —me indigno.

—Hacer un pedido a los proveedores no cuenta, Amy. Y tampoco hablar con los clientes de la cafetería… Sobre todo cuando tienen más de cincuenta años.

—Si tienen pene, entonces técnicamente son hombres —argumenta Shelly.

—¡No me puedo creer que hayas pronunciado la palabra pene en el trabajo! —se ofusca Amber.

Se tapa la boca con la mano. Cualquiera diría que es una niña que acaba de escuchar a sus padres decir una palabrota. Según parece, cumplir los dieciocho no te hace adulto después de todo.

—Y yo que creía que te habías hecho mayor hace una semana —me burlo—. No me digas que pene es una palabra nueva para ti…

—Eh… no —admite, bajando la mirada.

—Pero sí que me pregunto qué pensaría Bruno si supiera que hablas de penes en el trabajo… —le digo a Shelly con una pequeña sonrisa sarcástica.

No creía que se lo tomaría al pie de la letra. Se pone pálida y masculla una especie de excusa antes de irse a refugiarse al almacén.

Amber no está del todo equivocada en cuanto a mis relaciones con los hombres. No se puede decir que, durante los dos años que lleva trabajando para mí, me haya visto con demasiada frecuencia en compañía del sexo opuesto. De hecho, me ha visto jamás.

¿De quién es la culpa? ¿A qué se debe?

Pues diría que a una combinación de varios factores. El principal es que hace como tres años que no tengo ni un solo segundo para mí misma.

Tenía una tía que se llamaba Josie. Imagino que os estaréis preguntando qué pinta en esta historia mi tía y qué relación podría tener ella con mi ausencia de vida amorosa. Pues resulta que Josie tenía una cafetería en Bay Village, en Boston. Me encanta ese barrio, con sus bonitas casas de ladrillo rojo, sus calles sombrías y sus pequeñas tiendas de artesanía, pero ya volveremos a ese tema luego.

Josie no se casó nunca, era un espíritu libre y la misma idea del matrimonio no era algo que la emocionara precisamente. Vivió una vida llena de aventuras por todo el mundo y, cuando por fin decidió soltar las maletas, lo hizo en su Boston natal. Según yo lo veo, en buena parte por nosotros: mis padres, mi hermana y yo. Incluso a veces me atrevo a pensar que lo hizo más concretamente por mí. Compró una pequeña cafetería decrépita y la convirtió en un lugar acogedor y elegante a partes iguales.

Josie siguió viajando a través de sus clientes, a los que escuchaba con total atención, y que a su vez escuchaban sus relatos, que se iban enriqueciendo a lo largo de los años con anécdotas a veces reales, otras producto de su imaginación.

Me sabía sus historias de memoria. Me pasé buena parte de mi adolescencia haciendo los deberes en la vieja mesa de madera barnizada del fondo y, más tarde, en la pequeña terraza, a la sombra de los parasoles color crema. Su cafetería era un poco mi refugio. Y tía Josie, mi confidente. La única adulta con quien podía hablar de mis problemas. Me he preguntado muchas veces por qué conseguía comunicarme tan bien con ella, cuando era totalmente incapaz de hacerlo con mi propia madre y sigue siendo más o menos el caso. Pero Josie desapareció antes de que pudiera resolver el misterio. Asesinada por el azúcar. ¡Bueno, a ver, no directamente! Más bien por un exceso de glucosa permanente que terminó llevándola directa a una crisis cardíaca. Todavía puedo verla, riéndose con algún chiste del señor Connelly, uno de los habituales y, un instante después, desplomándose sobre su capuchino. Él jamás se ha vuelto a pedir uno, al menos no aquí. Creo que le guarda cierto rencor, que tiene la impresión de que fue lo que la mató, aunque los médicos nos garantizaron que fue más bien culpa de los fondants de chocolate y plátano.

En resumen, una vez que desapareció Josie, mi madre, mi padre, mi hermana Carolyn y yo nos encontramos en la notaría. Y hay que decir que la tía Josie lo tenía todo previsto. A Carolyn le había dejado su impresionante colección de máscaras africanas. Por aquella época, mi hermana y su marido estaban enamorados de los espacios depurados, por no decir asépticos, que casi parecían pisos piloto. Josie siempre había sido una chistosa y tendríais que haber visto la cara que pusieron el día que los de la mudanza aparecieron con una decena de cajas de cartón hasta arriba. Desde entonces, su casa ha cambiado mucho y podría figurar en un catálogo de Toys’R’Us

A mis padres les dejó su perro Toby. Mi madre detesta los animales tanto como mi padre los adora. Ante el entusiasmo de mi padre por acoger al pobre labrador huérfano, no tuvo valor de negarle su última voluntad a su difunta hermana que, en mi opinión, lo hizo a propósito porque apreciaba mucho a mi padre. Bueno, mi progenitora intentó protestar un poco, pero acabó cediendo, algo no muy habitual en ella. De hecho, creo que olvidó por completo al perro en cuanto el notario anunció lo que la tía Josie me había dejado a mí: la cafetería.

En ese momento, recién licenciada en la prestigiosa universidad de Harvard, ocupaba un puesto en el servicio financiero de una gran empresa informática. Llevaba una vida bastante rutinaria y sin interés. Tenía un novio, amigos y un buen sueldo, pero me aburría. Me quedé un poco atónita cuando el notario anunció que heredaba el negocio. De hecho, pensaba —y no es que pensara mucho en el tema, todo sea dicho— que lo lógico sería que mi madre heredara todo, que compartiríamos algunas baratijas y que ella vendería la cafetería a toda prisa.

Solo necesité una noche para tomar la decisión. Al día siguiente, presenté mi dimisión y me hice cargo de Chez Josie.

Desde entonces, trabajo de la apertura al cierre casi todos los días. Estoy muy orgullosa de lo que he conseguido en estos tres años, aunque haya sido a costa de mi vida personal. Mi novio no tardó en dejarme, cansado de despertarse solo por la mañana y de ver cómo me metía en la cama a penas entrada la noche. Tampoco puedo reprochárselo.

Este trabajo ha cambiado por completo mi vida. Ahora entiendo por qué le gustaba tanto a Josie. Me siento más realizada, más viva, aunque no tengo problema en reconocer que consume toda mi energía. Soy consciente de que me falta algo para ser completamente feliz. Aunque no me apetece discutir con Amber ni Shelly, sí que me tienta tener una auténtica relación amorosa. Encontrar a alguien que me espere por la noche cuando vuelva a casa, a quien contarle mi jornada. Compartir con un hombre algo más que una broma al llevarle su café y que, de forma accesoria, pudiera protegerme en caso de vérmelas con una araña peluda. Y, honestamente, estoy decidida a no acabar como Bridget Jones, vaciando botes de helado y cantando «All by Myself»[1] sola o con la única compañía de compañeros de trabajo de mediana edad. El problema es que no sé muy bien qué hacer. Antes de romper, llevaba cuatro años con mi novio. Hace demasiado tiempo que no participo en el juego de la seducción.

—Deberías salir más —me suelta de repente Amber después de unos minutos de silencio.

Creía que la conversación sobre mi vida sentimental ya había acabado, pero por lo visto estaba equivocada.

—¡Pero si salgo mucho!

—Ah, ¿sí? ¿Qué haces esta noche?

—Voy a cenar con mis padres —admito a regañadientes.

—¡Ves! —se regocija.

—¡Que porque vaya a casa de mis padres no significa que no salga! ¡De hecho, salgo mañana por la noche!

No me puedo creer que tenga que andar justificándome ante una niñata de dieciocho años. Me alegra tener algo previsto para poder cerrarle la boca.

Amber arquea una ceja de sospecha y me pregunta:

—¿Con un hombre?

—No, es una noche de chicas, pero eso no impide que pueda conocer a alguien.

—Mmm.

No parece nada convencida.

Lo que sí he olvidado comentar a propósito es que se trata de una velada con mi grupo de lectura y que hemos previsto reunirnos en casa de mi amiga Maddie, así que el único espécimen masculino con el que corro el riesgo de cruzarme es con el repartidor de pizzas.

—Las noches de chicas no son las mejores ocasiones para conocer a un hombre serio.

Vaya, está claro que Shelly ha dejado de esconderse en el almacén.

—Si quieres conocer a alguien que merezca la pena como Bruno, no creo que una discoteca dudosa sea el lugar más adecuado para hacerlo.

Voy a responder que salir a una discoteca dudosa en busca del amor no está en mi programa, pero lo dejo pasar. Si bien hablar de mi vida sentimental con Amber ya resulta un poco raro, creo que Shelly tampoco tiene ningún buen consejo que darme sobre cómo puedo encontrar mi alma gemela.

Sí, porque Shelly sale con Bruno Mars. Ya sabéis, ese cantante de sonrisa seductora y actitud relajada. Lo malo es que él no está al corriente. Sin embargo, ella está totalmente convencida de ser la mujer de su vida desde que lo escuchó cantar «Just the Way You Are»[2]. Piensa que ha escrito esa canción para ella. Está segura de que cuando por fin se encuentren en carne y hueso, la reconocerá como la mujer que lleva esperando toda su vida y que la llevará al altar como en «Marry You»[3]. Jamás he osado preguntarle si era consciente de que Bruno tiene casi veinte años menos que ella y que no está soltero…

Hace mucho tiempo que aprendí a no llevarle la contraria en su delirio. Mientras siga haciendo bien su trabajo, no tengo por qué meterme. Ya trabajaba en la cafetería cuando estaba mi tía y, si obviamos su extraña obsesión marsiana, es una camarera bastante competente y ¡prepara el mejor capuchino del mundo!

Junto con Amber, formamos un equipo bastante original, pero que funciona bien. De hecho, me enorgullece ver que las finanzas de la cafetería van cada vez mejor. Si bien Shelly es empleada desde hace casi una década, yo contraté a Amber hace unos dos años. Trabaja con nosotras principalmente después de clase y los fines de semana. Ha tenido una infancia un poco caótica. Sus padres la abandonaron de pequeña, así que la ha criado su abuela, que a duras penas llega a fin de mes. Me acordaré siempre del momento en el que abrió la puerta de la cafetería para dejar su currículo. Con su larga melena de rizos rubios, sus grandes ojos negros y su silueta delgada, parecía una ramita a punto de partirse. Todavía no tenía medios para contratar a alguien a tiempo completo, pero no podía dejarla marchar con una respuesta negativa. Fue así como empezó a venir a echarnos una mano algunas horas a la semana para, con el paso del tiempo, terminar trabajando casi todas las tardes y los fines de semana.

A pesar de su curiosidad por mí, es una empleada modelo que jamás hace un mal gesto ante ninguna tarea. Sueña con conseguir una beca para ir a la universidad de Boston el próximo año y espero sinceramente que se la concedan. Ella y yo tenemos una relación muy especial que no tengo con Shelly. Fue mía la idea de rellenar los papeles para la universidad, fui yo la que la acompañó a escoger el vestido para su baile de graduación y la que insistió para que aprendiera a conducir. Es la hermana pequeña que nunca tuve.


[1] «Sola otra vez».

[2] «Justo como tú eres».

[3] «Casarme contigo».